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GREENWASHING, GENTRIFICACIÓN Y MODA



La sostenibilidad está de moda y es algo que tenemos que celebrar. Ya no nos parece extraño llevar elementos reusables a cualquier parte como los tuppers o las botellas de metal. Tampoco es raro que cada vez más personas estemos concienciadas con el cuidado del planeta y nos lancemos a practicar algún voluntariado o a consumir ropa más sostenible y ética. Pero como con todo lo que se vuelve viral de alguna manera, también hay quienes deciden aprovecharse de ello para sacar provecho económico. Ahí es donde nace el greenwashing, una práctica llevada a cabo por muchas empresas que consiste en el blanqueamiento de la marca. Es decir, dado que los productos ‘eco’ son tendencia, estas marcas lo que hacen es colgar la medalla de ‘sostenible’, ‘verde’ o ‘ecológico’ a productos que no lo son, de manera que así consiguen vender más. El greenwashing se da en todo tipo de productos, pero son especialmente los alimentos en los que más se emplea está práctica.


Muchas veces, estas fórmulas tan sólo son comunicativas y nada tienen que ver con las prácticas reales de las empresas, que siguen elaborando productos que contaminan o que no respetan el entorno.



Al ser una estrategia de marketing para incrementar las ventas, muchas veces es complicado saber si realmente el producto que promete ser 100% verde, realmente lo es. Parte de esta dificultad se da porque muchas veces las empresas utilizan un lenguaje confuso o ambiguo, lo que hace que el mensaje pueda resultar creíble simplemente porque no es asimilable. El consejo que os damos es que si no sabes bien lo que hace un producto o de lo que está compuesto, duda inmediatamente de sus orígenes o de su proceso productivo.


Muy de la mano del greenwashing está la gentrificación verde, una práctica basada en la creación de espacios naturales dentro de la ciudad. Todo bien, sino fuera porque el precio de estas zonas aumenta considerablemente, trasladando a la población con menos recursos a otros lugares.


El proceso de “gentrificación verde” contribuye a perpetuar la pobreza concentrando geográficamente a la población vulnerable, puede provocar la ruptura de los lazos sociales establecidos y aumenta el estrés crónico y una peor salud mental en estos residentes.


La moda tampoco se libra del greenwashing, basta con acudir a cualquier tienda de fast-fashion y fijarse en las etiquetas de las prendas, en las que prometen haber sido hechas en buenas condiciones y con materiales ecológicos. Un ejemplo perfecto de este greenwashing es la iniciativa que la cadena textil Inditex ha llevado a cabo, poniendo contenedores en sus tiendas en los que dejar la ropa que ya no utilizas para que la empresa pueda darle una segunda vida. La idea en sí está bien, parece ética y buena, sin embargo con este acto consiguen derivar el resto de miradas que apuntaban a medios de producción 0 éticos (como la explotación infantil) o la contaminación que producen los talleres en el aire y el agua. Por esto es fundamental cuestionarse quién hace la acción y por qué.


Muchas veces en las etiquetas de un producto que se vende como ecológico, el ‘elemento verde’ es el décimo de una lista larguísima lista de otros tantos que no lo son. Desconfía de aquello que enfatice demasiado que es ecológico o respetuoso con el medio ambiente, normalmente no suele ser lo que promete.


Muchas empresas tienen divisiones o subdivisiones que sí pueden resultar sostenibles, sin embargo. No obstante, no hay que obviar que estas forman parte de algo mucho más grande y más contaminante. Por lo que, aunque la empresa se autodenomine ‘verde’, no lo es.


Ante el auge del cambio climático y sus consecuencias cada vez más grandes en el planeta, muchas compañías han creado leyes que regulen la protección del medio ambiente. No hay que descartar que muchas empresas que se anuncian como ecológicas, no lo sean, sino que simplemente están cumpliendo con la ley.


Sabemos que es muy complicado luchar contra el greenwashing, pero señalarlo cuando lo veamos y saber detectarlo es fundamental para evitar caer en él. Llevar prácticas sostenibles y éticas como la compra de ropa de segunda mano, nos ayudará a saber qué es realmente sostenible y qué cosas son solo ‘postureo’.


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